TECNOLOGIA EDUCATIVA
juandon, 9 de abril de 2009

Si las observaciones sociales y los experimentos neurocientíficos
confirmasen este fenómeno, las relaciones humanas, la educación, la
organización política y económica, las comunicaciones, el concepto mismo
de ser humano, etc., darían un vuelco, porque la inteligencia es la
auténtica medida del ser humano. Es en la noomorfosis digital donde se
oculta la real y enorme dimensión de la brecha digital, ese concepto que
manejamos hasta ahora con notoria superficialidad, si valoramos en sus
justos términos su íntima conexión con una nueva ecología social, mental
y ética.
No se trata de que el uso intensivo de la tecnología de
la R.U.D. contribuya a moldear una inteligencia mayor o menor -por
ejemplo a que los niños sean más listos, como algunos dicen-,
sino una inteligencia funcionalmente distinta, es decir, armada con
ciertas capacidades necesarias especialmente desarrolladas para vivir y
operar en el Nuevo Entorno Tecnosocial (N.E.T.) generado
por esa tecnología. Por lo que se sabe hoy de la inteligencia, el
habitual discurso del CI (Cociente Intelectual) para cuantificarla no es
operativo en las situaciones emergentes. Por lo que ya sabemos, a no
tardar mucho, el CI será prácticamente una reliquia, igual que tantas otras formas sociales declinantes,
entre ellas, los sistemas educativos.
Como hace
más tiempo del que puedo recordar a bote pronto que me ocupo
reincidentemente de este tema de la huella de la tecnología en el ser
humano, me veo obligado a revisitar mis propios escritos para seguir
dándole vueltas al asunto. Una de las cosas que he escrito -¡ya hace
trece años!- es que "el ser humano tiene que adaptarse en un solo ciclo de
vida a varias generaciones sucesivas de compleja tecnología"
Obviamente, no lo consigue, salvo por manifiesta necesidad, y sólo en
parcelas reducidas y con bastante entrenamiento y esfuerzo. La razón
básica es que las formas sociales emergentes y las declinantes requieren
estructuras mentales distintas. El entorno en el que nacemos, vivimos y
nos criamos constituye la matriz de nuestra inteligencia y de nuestro
comportamiento, por eso lo de cambiarse el chip de verdad acaba siendo
una frase retórica, poco más que una latiguillo conversacional, si ya
hemos dejado atrás nuestra infancia y adolescencia. Los sabios de la
psicología postulan que es en cierta etapa de su vida cuando el niño
construye sus conceptos de espacio, tiempo, número, causalidad,
identidad, memoria, vida y mente, y lo hace precisamente a partir de los objetos que lo rodean.
Recientemente,
un artículo en el Sunday Times
nos hablaba de un nuevo paso en la evolución del cerebro (brain evolution) y citaba a varios
observadores del impacto de los videojuegos, que resaltaban la mejora de
algunos factores cognitivos. Este artículo, junto con el lanzamiento
este verano del software Brain
Training para ejercitar el cerebro con una consola de Nintendo,
ha despertado en mí el deseo de reanudar el estudio de esta cuestión, y
tal vez el de escribir posteriormente algo más elaborado. Revolviendo en
mi propia hemeroteca de autor, observo que en 1992, cuando llamaba compujuegos a los computer games, mi opinión era la siguiente: una
relación sostenida y no enfermiza con los compujuegos produce dos tipos
de beneficios: a) divertirse, y b) entrenarse intelectualmente, con el
objetivo de aumentar varias de las capacidades que nuestra inteligencia
poliédrica necesita desplegar para vivir en un mundo cambiante.
¿Inteligencia
poliédrica? Efectivamente, hoy, para hablar de inteligencia, habría que
hablar no sólo del tipo de inteligencia que mide el CI, modelo
elaborado teóricamente hace más de 100 años, por mucho tiempo asociado
erróneamente a los triunfadores, sino también de inteligencia emocional.
Intuyo que aplicarlos a cachorros (después adolescentes y jóvenes)
analógicos y a cachorros muy digitales, complementándolos con
suficientes registros de la actividad cerebral por medio de tecnología
de positrones, para proceder a un análisis comparativo, arrojaría
resultados sorprendentes, que demostrarían que en unos terrenos se gana y
en otros se pierde. ¿Suma cero?
Lógicamente, los nativos
digitales, habitantes de la infociudad, ganarán en todas las capacidades
relativas a los procesos inmateriales típicos de ésta, así definida por
el autor en 2004: "Espacio informacional donde los humanos de
sociedades desarrolladas, mediante terminales con botones, teclas,
pantallas, contraseñas e identificadores varios, se comunican y realizan
una parte creciente de sus actividades habituales y otras muchas
nuevas, convertidas en señales, símbolos, lenguajes y procesos
inmateriales, soportados por una potente infraestructura tecnológica de
arquitectura reticular". Pero es evidente que, a medida que la vida va siendo sustituida por la información,
ya están perdiendo y perderán más en otras capacidades y habilidades
que se han considerado valiosas hasta ahora.
Considero
imprescindible que los investigadores dediquen el tiempo que sea
necesario a trazar la cartografía mental de los humanos que se
desenvuelven mayormente en diversos sectores de la Red Universal
Digital. Mi hipótesis es que aquéllos van interiorizando progresivamente
algunas propiedades del Nuevo Entorno Tecnosocial.
Pero, aunque
inquietante, es sólo una hipótesis.
Etiquetas: 2.0, formacion, inteligencia, noomorfosis, nueva, web
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