La verdadera naturaleza del correo electrónico se manifiesta en el reino de la experimentación, lo que significa que sólo se puede comprender si se usa de forma sostenida y no superficial.  

Está al alcance de cualquiera entender de una manera conceptual que el correo electrónico es un sistema en el que sus usuarios producen, envían, reciben y gestionan mensajes sobre/desde una pantalla de ordenador, terminal o pecé, porque ésta es una propuesta lógica, propia del pensamiento abstracto, pero "comprender" es algo más, es interiorizar, poseer, meter en las capas inferiores del cerebro, allí donde se forma el sustrato emocional de las experiencias: aplicar, experimentar, ensayar, fracasar, reintentar. Requiere tiempo. 

Cuando digo "tiempo", quiero decir "tiempo de la vida personal", pero también tiempo de la vida de todos, o sea tiempo de la historia, la duración de la evolución tecnológica y cultural. 

Este verano, en el curso "Telecomunicaciones y Sociedad: el Futuro Inmediato", organizado por la Universidad del País Vasco, de pie junto a unos ventanales orientados a la incomparable bahía de Donostia (San Sebastián), me encontré en la situación de intentar explicarle a una audiencia de unas cien personas, en su inmensa mayoría desconocedores de todo lo referente al tema, en qué consiste el correo electrónico, para qué sirve y por qué hay que verlo como un nuevo medio de comunicación. Con las premisas que he presentado arriba, fui consciente entonces de que acometía una ¡misión imposible!, y no me olvido de que algo semejante puede suceder entre este texto y algunos de sus lectores. 

No puedo estar más de acuerdo con Gates, quien, en su libro "Camino al Futuro", establece un símil entre el teléfono y el correo electrónico. El teléfono nació oficialmente hace 120 años. Al principio "se llegó incluso a decir de él que era una lata". Recuerdo que en mis veraneos infantiles en el pueblo de mi padre, en Ávila, hará de ello unos 45 años, el teléfono del abuelo, que sólo se utilizaba para casos extremos, no tenía disco de marcar, sino una manivela de magneto para pedirle comunicación a la operadora del lugar, que te advertía, mientras que con la mano libre acaso ponía en remojo los garbanzos del cocido, de que con Madrid se preveía una demora de siete horas. Y en Madrid, como en otras ciudades importantes, había grandes salas pobladas de operadoras humanas que conectaban y desconectaban cables rematados por clavijas sobre unos paneles agujereados. Hoy, la telefonía es automática y universal, y nadie discute que aquellos artefactos acabaron por convertirse en un nuevo medio de comunicación, en el medio de telecomunicación por antonomasia. Tanto, que es por ahora incluso el medio de transporte más común del correo electrónico.  

Escribe el citado autor que a medida que se expandía la telefonía se le iban desarrollando provecho, trucos, etiqueta y cultura. Con el correo electrónico -termina- se está comenzando a seguir un proceso de la misma clase, estableciendo sus propias reglas y hábitos.  

Atributos más característicos del correo electrónico 

Por diseño, mi estrategia para la conferencia donostiarra eludía toda referencia a protocolos, sistemas operativos, seguridad o a cualquier otra materia dura, para concentrarse en cuestiones tales como características funcionales, tipos de aplicaciones, niveles de uso e implicaciones socioeconómicas del correo electrónico. Sobre la marcha decidí hacer mayor hincapié del previsto en describir ejemplos sencillos, utilizando para ello transparencias de mensajes reales enviados y recibidos, propios y recientes, procedimiento que aquí no puedo seguir, aunque sí creo poder reproducir algunos de los conceptos que utilicé en dicha conferencia. Uno de ellos es la estructura de atributos técnicos del correo electrónico y sus consecuencias primordiales, que se exponen a continuación. 

Es un medio electrónico 

Su consecuencia es la práctica instantaneidad de comunicación entre emisor y receptor, incomparable con la lentitud física del correo postal. Los usuarios avezados del correo electrónico designan despectivamente al correo postal como s-mail, que significa snail-mail, o correo-caracol. El correo electrónico es el e-mail (electronic-mail), según la terminología habitual. Quien haya leído la metáfora preferida de Negroponte sobre los "átomos" y los "bits", encontrará en el sistema de correo electrónico un ejemplo perfecto de ella: la información escrita o impresa sobre un papel y transportada de acá para allá en vehículos son "átomos", mientras que la información transportada por el correo electrónico son "bits". Los bits son ecológicos y baratos, y generan economías de escala. Los átomos, no. 

Es un medio asíncrono 

La asincronicidad entre emisor y receptor es una de las características más eficaces del correo electrónico, si la comparamos con el teléfono, que exige la presencia física simultánea de ambos usuarios a uno y otro lado de la línea para que se establezca la comunicación. Los terminales telefónicos se complementan con dispositivos registradores, es evidente, pero los usuarios dejarán ahí un mensaje breve, nunca los detalles de un asunto, ni siquiera aunque el acceso estuviera cerrado por una clave personal.  

La economía del mundo se mueve de forma continua, para lo que requiere servirse tanto de la sincronicidad como de la asincronicidad de los sucesos. La gente que colabora en un mismo proyecto o misión vive en zonas horarias distintas, o distribuye, si puede, sus ocupaciones de la forma que más le conviene a lo largo del día, o teletrabaja, o no se está nunca quieta en un lugar determinado y localizable, o está reunida,... En todos estos supuestos (resueltos técnicamente por la telefonía celular), cerrar una comunicación telefónica constituye un verdadero milagro, mientras que el correo electrónico garantiza la intercomunicación, ¡siempre que el otro quiera contestar! 

Es un medio ubicuo 

Quizá sería mejor decir deslocalizado o virtual, porque puede accederse a un buzón electrónico tanto para emitir mensajes como para recibirlos (leerlos) desde cualquier parte del mundo donde se disponga de un punto de acceso a la red telefónica automática, de un módem, de un ordenador portátil y del software adecuado. Físicamente, el buzón está ubicado en un ordenador concreto, pero su dirección se refiere a un espacio lógico, y es transparente con respecto a cualquier tipo de coordenadas geográficas. 

Es un medio digital 

Este atributo permite la universalidad de contenidos, y no sólo textos, como muchos creen, sino datos, gráficos, voz, programas, etc., a tenor siempre de lo que vaya deparando la evolución tecnológica. Cualquier tipo de información es transformable en una secuencia de dígitos binarios.  

Es un medio informático 

Tal cualidad le provee de todas las funcionalidades de los ordenadores, le dota de la que pudiéramos llamar una multifuncionalidad "ilimitada". Tanto el cuerpo del mensaje como las informaciones sobre el mensaje (direcciones, nombres, fechas, horas, firmas, destinatarios de originales, destinatarios de copias, listas,...) y el conjunto completo son estructuras de datos, susceptibles de tan amplia variedad de procesos como permita el software del sistema concreto de correo electrónico.  

El grupo de atributos EAUDI (Electrónico, Asíncrono, Ubicuo, Digital, Informático) que se acaba de expresar es algo así como el cuadro de las capacidades intrínsecas -es decir, que dimanan de su naturaleza- del correo electrónico. Algunos personajes repletos de ignorancia han argumentado que el correo electrónico, en el fondo, es como el correo clásico, sólo que mucho más rápido. Deben ser los mismos, o primos hermanos de aquéllos que dijeron años atrás que la aplicación informática del procesamiento de textos era como una máquina de escribir eléctrica, sólo que con pantalla. Ahora se resistirán a "ver" el correo electrónico como un medio interactivo, general e importantísimo, de intercambio de toda clase de información.  

Lecciones de la experiencia 

Todo aquél que haya utilizado regularmente y durante un tiempo razonable un procesador de textos, sabe que con él puede hacer muchísimas cosas útiles, interesantes y absolutamente fuera de la cobertura de la mejor máquina de escribir. Más aún, si lo combina con otras herramientas de escritura informáticas.  

J. Palme ha escrito un libro titulado "Electronic Mail", publicado en 1995, en el que se esfuerza en mostrar análisis de coste/eficacia del correo electrónico, gráficos de tiempo comparativos con otros medios, redistribución relativa de los contactos de trabajo dentro y fuera de los departamentos y de las localizaciones físicas, y diversos otros argumentos, entre ellos las conclusiones de una investigación realizada en una organización concreta años después de haber introducido en ella un sistema de correo electrónico. Resulta que, en el momento de la fotografía, este sistema se estaba utilizando en un 35% como sustituto de otros medios llamados clásicos, tales como reuniones cara a cara, llamadas telefónicas, correo postal, fax y demás, y en un 65 % para nuevas categorías de comunicaciones, imposibles o demasiado ineficaces sin el sistema de correo electrónico.  

Todos sabemos que si se cambian las comunicaciones en una empresa es que se está cambiando su organización. El correo electrónico es un factor de cambio de las organizaciones humanas. En una de mis columnas he relatado cómo el 74.7% de un conjunto de empresas estadounidenses recientemente encuestadas califican al correo electrónico de factor contribuivo a su competitividad. Pero como la cuestión del correo electrónico en la empresa es peculiar, volveré sobre ella más adelante.  

También la actividad profesional de un individuo como este autor, que se dedica a la enseñanza y la investigación en un departamento universitario, puede verse afectada en términos parecidos a los datos de Palme. Y lo ha sido. De ese subconjunto de nuevas comunicaciones podría dar numerosos ejemplos, y si no lo hago es porque el efecto de contarlos, en vez de mostrarlos operativamente, diluye su impacto. Sólo elegiré uno.  

Algún día del pasado mes de junio, entregado a la tarea de documentar la conferencia arriba aludida, cayó bajo mis ojos un artículo de la revista "On the Horizon", cuyo título, "Universal E-Mail", atrajo mi atención, resultando que dicho artículo se centraba en comentar un informe de la Rand Corporation, titulado "Universal Access to E-Mail: Feasibility and Social Implications" y disponible en el universo Web de Internet en la dirección http://www.rand.com/publications/MR/MR650.pdf (espero no haberme equivocado al transcribirla). Interesado en descargar este fichero sobre mi ordenador, mi búsqueda en la Web fue sin embargo infructuosa.  

En el artículo no constaba la dirección electrónica de su autor, el profesor B. Binning, de la Universidad Central de Oklahoma, por lo que me dirigí a la dirección electrónica del editor de la revista, el profesor J.L. Morrison, de Chapel Hill, Carolina del Norte, explicándole el problema, pidiéndole la dirección de Binning y rogándole que, en adelante, hiciera incluir en los artículos la dirección electrónica de todos sus autores. Sólo hubo dos mensajes más.  

En el primero, Morrison, transcribiendo el texto de mi mensaje, me contesta (con copia a Binning) que toma nota de mi petición sobre publicar las direcciones electrónicas de los autores, decisión que será efectiva a partir del próximo número de la revista.  

En el siguiente, Binning responde a Morrison (con copia a mí) que había un error en su artículo: en la dirección Web hay que sustituir "com" por "org".  

Habían transcurrido unas diez horas desde que emití mi mensaje original. No es mucho, teniendo en cuenta que Carolina del Norte es zona con seis horas de retraso sobre Madrid, y Oklahoma, con siete. Activando otra ventana del sistema operativo de mi pecé, pude por fin localizar en la Web, recuperar e imprimir el perseguido fichero, un mamotreto de 260 páginas.  

Tal como sospechaba, ha sido más largo contar el ejemplo que realizar sus operaciones reales. Las experiencias personales con el correo electrónico nos van enseñando que, incluso cuando las operaciones son formalmente idénticas a las que empleábamos con medios anteriores, su capacidad de pulverizar los condicionantes espaciotemporales -gracias a su asincronicidad, instantaneidad y ubicuidad de accesos- lo convierten ya en un medio nuevo. Pero son sus dimensiones digitales y computacionales las que crean un ámbito de funcionalidad y de economía radicalmente diferente: un clic sobre un nombre (apodo, alias) crea una distribución automática a 200 personas, o a mil, con independencia de en qué lugar del mundo se encuentren físicamente todas y cada una de esas personas y sus mil buzones. Otro clic, e insertamos un informe, el capítulo de un libro que estamos redactando, un chiste gráfico o una hoja de cálculo. Paulatinamente, nuestras experiencias se van adaptando a este juego de capacidades y creciendo.  

El software del sistema de correo genera automáticamente fechas y horas, nombres completos, todos los datos personales que el remitente haya incluido en su fichero de firma, distribuye copias, y realiza otras muchas funciones bajo control del usuario: clasificación de mensajes; retransmisión; distribución a cualquier número de receptores; archivado; recuperación; bricolaje con otros archivos del propio almacén de mensajes, traspasados desde otra aplicación informática o capturados en el ciberespacio; reprocesamiento; respuesta automática; envío demorado; creación de originales y copias; envío de copias ciegas (los receptores explícitos del mensaje desconocen que hay otros receptores no revelados); participación en foros de Internet; servidores anónimos; avanzadas comunicaciones de grupo (listas de distribución, conferencias informáticas, etc...); y, para finalizar esta larga lista, integración de las funciones del sistema con las funciones de otros sistemas informáticos y ofimáticos (bases de datos, gestores de flujos de trabajo, groupware en general) para un sinnúmero de aplicaciones, muchas todavía por descubrir.  

Nivel de uso versus organización social  

El grado de familiaridad de una persona con el correo electrónico depende de la frecuencia y de las circunstancias de su uso, como ya se ha dicho. Sucede algo similar al aprendizaje de idiomas no nativos. Simplificando, podría clasificarse convencionalmente nuestro nivel de familiaridad según una escala de tres peldaños, básico, intermedio y avanzado, aunque esta escala no tiene un valor absoluto, sino que ha de ser relativizable por lo menos a dos factores: el nivel tecnológico del sistema concreto de correo electrónico y el ámbito tecnocultural envolvente.  

Evolución de los sistemas de correo  

La progresión de estos sistemas en cuanto a capacidad funcional y convivencialidad, pareja a la de la interfaz general y potencia informática de los pecés y de su periferia, está modificando a tal punto la usabilidad del correo electrónico, que el umbral de adquisición y consolidación de un nivel básico de uso se está reduciendo drásticamente. Lo que ocurre, de hecho, es que el nivel básico con un sistema actual, además de costar menos en términos de tiempo de experiencia, contiene más funciones que el que pudiéramos llamar también nivel básico utilizando un sistema de cuatro años atrás. Sucede algo muy semejante con el nivel intermedio. Y el nivel avanzado, simplemente crece y crece.  

El ámbito tecnocultural 

El factor tecnocultural alude a la habitualidad en cuanto al manejo de esta clase de tecnologías en el entorno social de los usuarios o potenciales usuarios del correo electrónico. En tal sentido, siempre será útil hacer el clásico parangón entre los ámbitos tecnoculturales de España y los Estados Unidos de América, para establecer distancias, aunque, para evitar confusiones, quisiera advertirle al lector que cuando me refiero a la tecnocultura estoy refiriéndome a los usos y costumbres que se construyen en relación con la tecnología, no a la cultura en su amplio sentido.  

Los datos estadísticos sobre ordenadores personales en el hogar son importantes, porque el pecé es la cantera natural de usuario de correo electrónico. En el último país mencionado, según datos que he recogido de fuentes más o menos solventes, la tercera parte de sus hogares tienen un ordenador personal, con el 40% de éstos conectados a un módem y el 11% está conectado a Internet o a alguno de los servicios comerciales en línea, como CompuServe, Prodigy, America Online, etc. Bastantes empresas americanas andan utilizando correo electrónico para comunicaciones internas desde principios de los ochenta y como es lógico lo han trasladado a sus operaciones internacionales, cuando ha sido el caso. En España, una cifra razonablemente contrastada de hace un año establecía en un 12% el número de hogares dotados con un pecé y recientemente he leído que un 0.7% de la población tiene acceso a Internet.  

Lógicamente, la diferencia de experiencia social con respecto a la tecnología del correo electrónico o sus aledaños en uno y otro país contribuye a relativizar los niveles de la escala de familiaridad de sus habitantes con ese sistema y, lo que es más práctico, a condicionar los tiempos y costes de sus procesos de aprendizaje.  

Creo que un trozo de un entrañable mensaje que recibí de un lector de mis columnas el 6 de junio de 1994, transcrito en el recuadro adjunto, ilustra bien esta cuestión del ámbito tecnocultural. (Ël sabe que su botella efectivamente llegó).  

 

Hace poco nos instalaron el correo electrónico y ésta va a ser la primera vez que lo utilice. Mi relación con los ordenadores ya va para varios años, pero no han agotado mi capacidad de asombro y mi entusiasmo. Esta es una de esas ocasiones. ¿Llegará este mensaje a su destino? Se supone que sí, claro. (Nos explicaron el mecanismo de transmisión de servidor en servidor, vía red o cable telefónico, etc.). Sin embargo, hoy, delante del Mac, el tamaño de esta macrorred de comunicaciones, de la que voy a formar parte, francamente se me escapa. Y me siento como si lanzara estas líneas en una botella, tapada con un corcho, al mar. Confío que el viento y las corrientes sabrán llevarla a destino. Esta sensación de "magia" que hoy me inspira el correo electrónico no durará más allá de cinco o seis mensajes; no con la misma intensidad. 
(...) Lo cierto es que este primer mensaje lo podría haber mandado a alguien de mi entorno inmediato, pero resulta mucho más misterioso si lanzo mi botella a un destino que no conozco personalmente. Sería sensacional si, cuando pinche con el ratón el comando "send" del correo, apareciese un bulto en el cable de la red que se fuese moviendo hasta desaparecer por la clavija de la pared. 
 

Después de todo lo dicho, ¿cuál es el nivel básico mínimo de uso?, es decir, ¿cuál es el conjunto mínimo de funciones del correo electrónico que podría cualificar a un ciudadano de "usuario básico no ocasional"? Propongo: Edición y envío de mensajes de texto a uno o varios destinatarios, con o sin copia; contestación automática; edición del mensaje recibido para adaptar caracteres y formatos; retransmisión con selección de párrafos e intercalación de texto nuevo; lectura, archivado, búsqueda de mensajes almacenados y actualización de carpetas de mensajes.  

A partir de ahí, nos encaminaríamos hacia el nivel intermedio, incorporando fundamentalmente funciones de correo para comunicaciones de grupos y funciones de asociación con los mensajes e integración en ellos de otros formatos de archivos, de acuerdo con las facilidades del software de correo disponible. El nivel avanzado se situaría en una zona funcional más ancha y compleja de las funciones específicas de correo y especialmente en la rica zona de encrucijada y sinergia de las funciones del correo con el resto de herramientas informáticas que confluyen hoy en un pecé o estación de trabajo bien provista y conectada.  

Sugiero ahora que profundicemos en ciertos detalles de la dinámica social que pueda rodear a las actividades de comunicación realizadas con el correo electrónico, y a la que voy a llamar, a falta de mejor inspiración, "organización social". Los he sintetizado en un cuadro sinóptico.  

El correo electrónico en modo interpersonal incluye actividades de comunicación persona a persona, habituales o no, por ejemplo, entre amigos, o entre uno y otro investigador para intercambiar información, sin que acarree normalmente transferencias de archivos con formatos especiales. 
 

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El grupo de interés es un colectivo con una misión, afición, ideología o tarea comunes, transitorias o permanentes, que necesita, desea o le conviene mantener vínculos de comunicación entre sus miembros: una asociación de especialistas, un departamento universitario, una secta, un partido político, el comité científico de un congreso, o cualquier otro grupo "ad-hoc", tal como cualquiera de los que se montan para elaborar un proyecto complejo de ingeniería, sobre todo si sus componentes están geográficamente dispersos. Algunos lo llaman comunidad virtual.  

Y queda para el último renglón del cuadro la organización social que conocemos con el nombre genérico de empresa. La empresa es un sistema. Desarrolla un conjunto de funciones bien diferenciadas, tiene una estructura técnica, económica, social y espacial, mantiene jerarquías humanas y actividades múltiples de decisión, control y operación, maneja recursos muy heterogéneos y persigue alcanzar con su actuación unos objetivos inciertos en medio de un entorno irremediablemente muy complejo. Su necesidad de comunicación puede ser muy grande, pero, al mismo tiempo lo es, para ser viable, su necesidad de cohesión.  

Esta condición de sistemidad no la poseen ni el nivel interpersonal ni el grupo de interés, cuya estructura organizativa y comunicacional es técnicamente simple, la motivación para el uso del correo electrónico homogéneamente alta o muy alta entre sus componentes y sin previsión por su parte de barreras no técnicas (psicológicas, por ejemplo) que pudieran obstaculizar sus procesos de asimilación operativa de la tecnología.  

Los dos párrafos anteriores apuntan a que integrar correo electrónico en una empresa es, por sus dificultades, un interesante problema de ingeniería social.  

El correo electrónico en la empresa 

Lo más fácil es utilizar el correo electrónico en la empresa sin visión y sin compromiso, como se sugería anteriormente con la metáfora de la máquina de escribir y el proceso informático de textos. Pero así todo queda más o menos igual, aunque más caro. Por el contrario, si las comunicaciones cambian, cambia la organización de la empresa, -decíamos. Las capacidades intrínsecas del correo electrónico, desplegables en la práctica gracias a un uso sostenido e inteligente, hasta llegar a un nivel como mínimo intermedio, evocan todo un mundo de posibilidades aplicativas, no exento de dificultades y de errores. Es preciso señalar que las dificultades técnicas cuentan entre las de menor calado, frente a las psicológicas y sociales, propias de un colectivo muy heterogéneo en cuanto a su formación y carácter, enormemente dispar en lo relativo a sus objetivos individuales y resistente cuando ve amenazada su forma de trabajo o estatus.  

Haciendo un inciso, podemos preguntarnos cuál es el nivel de uso del correo electrónico en la empresa española autóctona. Mi percepción es que el correo electrónico, excluyendo a algunas multinacionales y a un sector de la universidad, no ha entrado prácticamente en nuestras empresas, ni siquiera en las grandes, que es, por cierto, donde teóricamente puede obtenerse mayor beneficio de él. Supongo que mientras redacto este texto Mónica Segovia seguirá trabajando en su tesis sociológica sobre el correo electrónico en la empresa española. Me ha comunicado algunos datos, como el siguiente: en la importante empresa española X, 1020 usuarios de un sistema de correo electrónico propio de la empresa desde hace 1.5 a 3 años o más, han respondido a una encuesta, de cuyo análisis se deduce que todos lo emplean para hacer preguntas, recabar información y transmitirla a varias personas, y muy pocos de entre ellos para alguna función algo más compleja. La gran mayoría de los encuestados responde que el correo electrónico no ha tenido ninguna repercusión en su trabajo, que, a mi parecer, es la prueba del algodón de una oportunidad desperdiciada.  

La tecnología no es neutra, es una herramienta de cambio o no es nada, y el cambio supone algo más que cambio de sistema técnico. Supone esfuerzo, costes, exploración, nuevas formas de trabajo, organizaciones con otro reparto de poder, diferentes capacidades humanas, más riesgo, más flexibilidad. Las empresas tienen que evaluar si les merece la pena, o tal vez si no tienen más remedio. Su progresión funcional a lo largo de la escala de niveles de dominio de la tecnología es un proceso que solamente adquiere sentido ligada a la progresión en el cambio general de la empresa. Aquélla no es un hecho aislado o caprichoso, se rige por la necesidad, la conveniencia o la ambición. Pero todos los analistas económicos coinciden en que la tecnología de la información transformará el campo de los negocios a lo largo de la próxima década.  

Mirando las cosas con perspectiva, el correo electrónico, en su nivel avanzado, es la punta de lanza de la informática interpersonal o de grupo (el "groupware") y uno de los eslabones de la tecnología generalizada (futura) del fluir del documento electrónico en la empresa (véase en este mismo libro, mi columna "La oficina digital"). Un resumen de mi teoría del diseño sociotécnico de aplicaciones de groupware puede encontrarse en la revista Telos, nº 44, con el título "Nuevos paradigmas empresariales y tecnológicos: innovación, modelos sociotécnicos y groupware" o en su versión electrónica entrando en la página Web http://www.fundesco.es/publica/telos-44/perspectivas3.html.  

El correo electrónico universal 

Estamos en los albores de esta tecnología. Surgió de manera lateral por los años sesenta y setenta como un servicio interno en la red ARPA, pero se ha empezado a extender y a hacerse visible desde mediados de los ochenta con el auge de los pecés y de las redes de ordenadores y su encuentro con el "viejo" teléfono.  

Hoy, unos pocos millones de personas involucradas en comunidades virtuales y empresas han iniciado ya su camino evolutivo en el uso del correo electrónico. Utilizan Internet, servicios comerciales en línea, redes privadas y servicios de correo electrónico de algunas operadoras telefónicas, como MCI, o BT). Nos podemos preguntar si el correo electrónico llegará a ser también de uso universal como lo es el teléfono, es decir, accesible, a un nivel de funciones básicas interpersonales, a todo aquél que lo desee. La respuesta es afirmativa, la cuestión sólo es el cómo y el cuándo. Por ejemplo, en la Unión Europea se está definiendo actualmente el Servicio Universal de Telecomunicaciones, en el que por ahora no parece que vaya a incluirse el correo electrónico.  

Al principio cité un informe de la Rand, que resume los trabajos de sus cuatro autores durante dos años dedicados a estudiar de forma general el problema del correo electrónico de acceso universal en U.S.A. Sus conclusiones se remiten tanto a las áreas técnicas, como políticas, demográficas, económicas, sociales e internacionales. No ven barreras técnicas fundamentales, si bien apuntan algunas recomendaciones al respecto. Dado que no puedo ni siquiera resumirlas aquí, diré al menos, para los lectores interesados, que el informe hace mucho hincapié en la dinamización social esperable de la interactividad comunicativa del correo electrónico.  

Los terminales de correo electrónico podrán ser pecés, teclados conectados a los adaptadores multimedia de receptores de TV, máquinas de videojuegos o aparatos telefónicos extendidos a la función del correo electrónico.  

De todas maneras, algunos dirán que para qué podría necesitar la gente en general el correo electrónico. Observando alrededor debemos coincidir en que efectivamente la necesidad de un correo electrónico universal no existe todavía, pero recordemos que durante sus primeros setenta años el teléfono tampoco era necesario, hasta que se le han ido inventado suficientes aplicaciones como para haberse hecho imprescindible, si no vital.  

La historia de la tecnología se ha acelerado y lo apreciamos incluso personalmente en un lapso de pocos años de experiencia. Durante los años 1984 y 1985 estuve escribiendo un libro sobre computadores personales, que se publicó en 1987. Mi herramienta de trabajo fue un ordenador personal llamado Rainbow 100+, de Digital, armado con una versión prehistórica del procesador de textos WordStar y dirigido por un sistema operativo de nombre CP/M, hace ya mucho tiempo barrido del mercado, y que no estaba conectado a ninguna clase de red. El ordenador con el que ahora estoy escribiendo este texto tiene una memoria central mínima 128 veces mayor, por no hablar de su microprocesador, y la aplicación de tratamiento de texto es bastante veces más potente (en el sentido del número de funciones) e infinitamente más sencilla de manejar que la anterior, y está conectado a Internet.  

No me parece descabellado "sentir" que, si el ordenador personal está penetrando en los hogares a un ritmo 2.5 a 3 veces más rápido de lo que lo hizo el teléfono, el correo electrónico pueda hacerlo unas cuatro veces más deprisa. No se aprecian obstáculos mayores ni desde un punto de vista técnico ni desde un punto de vista tecnocultural. Por cierto, que esta aceleración de los ritmos, aunque cuantitativamente notable, es sólo un pálido reflejo de la aceleración cultural de la sociedad, si se para uno a evaluar el abismal salto de complejidad que separa al teléfono del ordenador.  

Por el lado técnico, ya contamos con las redes básicas para el correo electrónico. La potencia y facilidad de los equipos aumenta sin tregua. El futuro correo electrónico multimedia entrará en escena cuando se vayan implantando las auténticas inforpistas, ya en el siglo XXI, que está en puertas. Mientras, irá madurando la gente en el plano tecnocultural, en una medida casi matemáticamente calculable. Nada más hay que mirar cómo los niños actuales de muchos países desarrollados manejan con toda naturalidad los pecés, las consolas de videojuegos y la programación de los videorreproductores, y echar cuentas.  

O sea, que la tecnología del correo electrónico, las inforpistas y los niños irán madurando en paralelo.