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Nuestras relaciones con la infotecnología,
nombre breve para designar el vasto y complejo conjunto de tecnologías
de la información y de las comunicaciones, además de difíciles, son problemáticas.
De modo individual o colectivo, hasta tres factores pueden distanciarnos
de ella: la infraestructura (brecha económica), la edad (brecha generacional)
y la cultura (brecha cultural).
En este artículo nos ha parecido más
pertinente inclinarnos por el enfoque colectivo, por su sintonía con las
actuales medidas políticas y económicas para llevar a la sociedad española
a su plenitud como sociedad de información.
Hoy día, el desarrollo de las sociedades
se mide entre otras cosas por la densidad y eficacia de sus infraestructuras,
en forma de redes de energía, de información, de transportes, etc. Un
bajo nivel de acceso de la persona o de la comunidad a esas redes, en
nuestro caso particularmente a las redes de información, es la característica
de la primera brecha posible.
Una cosa es tener acceso y otra, muy
distinta, saber usarlo. Por regla general, los niños y adolescentes, nacidos
al mismo tiempo que la infotecnología digital, saben; sus padres, no.
Cuanto más jóvenes, mayor es la naturalidad con la que manejan toda suerte
de máquinas y dispositivos, incluyendo anecdóticamente el lenguaje
de los mensajes supercortos con sus teléfonos celulares. Para los mayores,
los ordenadores, las consolas, los “chips” y los “wap” tienden a ser artefactos
insondables. Es por causa de la brecha generacional.
La brecha de infraestructuras puede reducirse
en principio con inversiones económicas. La brecha generacional tiene
mal arreglo, como es fácilmente comprensible. Pero superar la brecha cultural
de nuestra sociedad es lo que presenta, para el firmante, mayor dificultad.
Lamentablemente, porque su mera existencia erige barreras, más importantes
de lo que se piensa, para un desarrollo equilibrado y fértil de la susodicha
sociedad de la información.
Nuestros procesos de evolución cultural
sufren un persistente retraso histórico. A diferencia de otros países
del llamado Primer Mundo, y dentro del generalizado menosprecio por la
cultura en el que sucesivas minorías dominantes han mantenido a nuestro
pueblo por generaciones y generaciones, es notorio que aquí se han marginado
casi siempre de los dominios de la cultura a la ciencia y la técnica,
considerándolas como “artes”utilitarias. Aunque nos parezca increíble,
esta situación se mantiene entre ciertas clases dirigentes y otros referentes
sociales. Atenuada, incluso camuflada, pero se mantiene.
En buena parte, de tales actitudes se
deriva en primer lugar la barrera que supone la escasa dotación presupuestada
en nuestro país para investigación, inferior, con respecto al PIB, a la
mitad de varios países europeos, dotación escandalosa que a nadie escandaliza
(ello da una medida de la magnitud de nuestra brecha cultural) y que no
se explica sólo por nuestro desfase económico relativo.
La consecuencia acumulativa de nuestra
indigencia investigadora se hace patente en que no creamos sino que consumimos
tecnología, lo que se materializa también en un importante déficit económico
de la balanza tecnológica. Item más, semejante clase de actitudes repercute
sobre nuestra brecha de infraestructura infotecnológica, porque, según
Eurostat, gastamos en ella el 3.9% del PIB, frente al 7.6% de EE.UU.,
al 4.9% de Portugal y al 4.4% de Grecia. Y, por último, aunque menos mensurable,
no construir sólidas estructuras científicas y técnicas equivale a atribuir
erróneamente al mero volumen de dotación instrumental propiedades de panacea,
prescindiendo del cerebro social necesario para organizar inteligentemente
el instrumental tecnológico, en lugar de consumirlo sin tino.
Duele decirlo, pero parece que seguimos
erre que erre con el legendario mensaje “que inventen ellos”, seguramente
incrustado ya en nuestro inconsciente colectivo. Uno cree que las particularidades
de esta ecología cultural tan poco moderna se dejan sentir como sutiles
mensajes que flotan por la psicosfera para condicionar, con más fuerza
de lo que nos gustará reconocer, sentimientos, motivaciones y conductas
de muchos ciudadanos. Simplificando, dos son los modelos circulantes sobre
tecnología: la tecnología-caja-de-Pandora y la tecnología-puesto-de-trabajo,
que, vistos en conjunto, no favorecen precisamente la germinación de las
incalculables posibilidades de la infotecnología.
Con todas las excepciones que se quiera,
es observable que nuestros gobernantes, políticos y empresarios muestran,
a través de sus acciones públicas, debates, escritos y declaraciones,
que su cultura puede desenvolverse en los territorios de la historia,
la ciencia jurídica, la economía, la literatura o la música, pero raramente
en los de la ciencia o la técnica. No nos extrañará si de pronto recitan
de memoria unos versos de Cernuda, pero difícilmente los imaginaríamos
producirse solventemente sobre genes, software o Física de partículas.
Aunque veamos sus nombres apiñados en comités de honor de diferentes conferencias
sobre ciencia, tecnología e innovación, incluso aunque presenten o discutan
un proyecto de ley de apoyo a la tecnología, probablemente no nos merecerán
credibilidad personal en estos dominios, lo cual no es incompatible con
reconocerles su tributo –obligado, por otra parte- al realismo de abrir
la economía a la innovación tecnológica.
Este mensaje unidimensionalmente economicista
se emite sobre el ruido de fondo un tanto tristón, formado por un ronroneo
casi incesante de mensajes cargados de pesimismo tecnológico, procedentes
de un nutrido elenco de pensadores diversos, escritores, cineastas y columnistas
relevantes, para quienes, bajo argumentos formales varios, la tecnología
representa una fuerza deshumanizadora, enemiga de la cultura “verdadera”,
la caja de Pandora que encierra un futuro de peligros para seres humanos
cuyo destino fatal es ser dominados por las máquinas.
Es humano resistirse al cambio, pero
lo que se les pide a estos dirigentes y creadores de opinión ilustrada
es que lo “lean”, que lo dirijan, no que lo nieguen, lo torpedeen o lo
malversen. Pintar un futuro escenario social atemorizante, salvo tal vez
por su vertiente económica, no es, según la Psicología, la mejor manera
de contribuir a construirlo.
Todos vivimos de acuerdo con lo que creemos
posible. Así es como, por un lado, menudean entre los ciudadanos quienes
en los colegios, oficinas y hogares viven, con mayor o menor naturalidad, a veces con gusto, pero las más
de las veces con muchos sacrificios, y al margen de opiniones “ilustradas”,
su personal salto de las brechas para iniciarse en la infotecnología.
Lo más probable es que tiendan, por instinto de supervivencia, a seguir
el reduccionista modelo de tecnología-puesto-de-trabajo, que, para unos,
significa oportunidades de empleo, tal vez dinero, para otros, una amenaza
de paro o subempleo. Los favorecidos por este modelo formarán expectativas
económicas razonables, pero en España no es previsible que puedan imaginarse
tocando poder, influencia o prestigio social. Más adelante, reconociéndose
como una pieza más, integrada en la enorme complejidad intrínseca de la
maquinaria tecnológica, no sólo no se librarán de contaminarse de sentimientos
negativos sobre la naturaleza y el impacto de la tecnología, sino que
terminarán colaborando con su acción radicalmente especializada a crearlos
y difundirlos. Sería la profecía que, mil veces repetida, acaba por autocumplirse.
La innovación tecnológica,
si no es innovación social plena, puede quedarse en pura, estéril y hasta
nociva maquinaria. Los mensajes correctos deberían girar en torno a la
noción básica de que la tecnología es fruto histórico de la aventura cultural
del ser humano, que se caracteriza por su poder renovador (destructivo-creativo)
de las formas sociales y por su estimulante capacidad de abrir inmensos
espacios virtuales de cambio. La dotación instrumental es condición necesaria
para la innovación, pero los factores decisivos son la formación actualizada
de los ciudadanos, su madurez cultural y ética, su capacidad y su deseo
de inventar y organizar nuevos proyectos y procesos, su conciencia ilustrada
de los riesgos y costes sociales y un cierto grado de optimismo inteligente.
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