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Todos lo sabemos ya: el Efecto 2000 ha sido el parto de los montes. En
lugar de un monstruo, alumbró un ratoncito, que era técnicamente
lo que se trataba de conseguir. Sin embargo, la opinión pública
española, casi más que alegrarse por ello, se ha sentido
un tanto decepcionada. Son mayoría quienes piensan ahora que en
el efecto 2000 no había tal monstruo, sino un engaño, algunos
dicen que un truco de las empresas informáticas para hacerse de
oro.
Cuando hace unos meses escribí que "una parte importantísima
de las reacciones y del impacto del Efecto 2000 se generaría en
las capas psicológicas donde residen los dispositivos emocionales
y los mitos" estaba intentando advertir acerca de alarmas y miedos
infundados que, por suerte, no se han manifestado en ningún momento
en nuestro país. Según encuestas de los últimos días
del año 1999, la sociedad española se mostraba claramente
despreocupada y tranquila al respecto, algo que no sucedía en otros
países de nuestro entorno. En primera aproximación, esta
actitud parece demostrar una buena salud mental colectiva, una señal
de optimismo y de ganas de vivir. En esta despreocupación hemos
estado a la cabeza, lo mismo que lo estamos, año tras año,
en la donación de órganos.
Que viene el lobo
Todo ha ido sobre ruedas. Los servicios básicos -agua, energía,
comunicaciones, transportes, sanidad y banca- han funcionado regularmente
y sin discontinuidades en el tránsito al año 2000. Así
que una conclusión posible es que se confirmaría un cierto
engaño, por lo menos una cierta exageración en cuanto al
peligro del Efecto 2000, y nuestra gente no habría caído
en esa trampa. Quizás, la próxima vez que se nos diga que
viene el lobo, no haremos ni caso.
Pero si tal conclusión fuera correcta, tendríamos que aceptar
que el billón de dólares (son estimaciones discutidas, de
un montante en todo caso superior a los costes materiales de los desastres
naturales de los últimos diez años) que se ha gastado el
mundo reparando esta avería anunciada, habría sido un capricho.
A los cientos de miles de técnicos muy cualificados y a los responsables
de tecnología de las empresas y de las administraciones que han
dedicado millones de horas a revisar, reprogramar o sustituir centenares
de miles de circuitos, programas y sistemas en todos los sectores de actividad
en los pasados tres a cinco años, o más, y a los muchos
miles, entre los que todos tenemos familiares o amigos, que han formado
los retenes de fin de año, esta conclusión les pondrá
cara de tontos.
Con pocas diferencias, este esfuerzo ha sido ratificado y apoyado por
observadores y expertos independientes, que han seguido y analizado su
desarrollo desde comisiones internacionales y asociaciones profesionales
del máximo prestigio, como la Computer Society y la Association
for Computing Machinery.
No es del todo imposible, aunque parece improbable, que todos los citados
hayan sufrido un espejismo y que las empresas se hayan dedicado a tirar
alegremente su dinero, aunque sin duda haya unas cuantas que han sufrido
el timo de la estampita . En cuanto a las empresas de tecnología
informática, es cierto que muchas han ganado dinero, circunstancia
que merecería un escrutinio detallado, porque en ocasiones algunas
de ellas habrían sido precisamente las responsables de vender productos
afectados de este problema del 2000, pero también es cierto que
muchas otras se han visto negativamente afectadas por la reducción
de inversiones en equipamiento nuevo por parte de sus empresas clientes,
obligadas a dedicar sus presupuestos a tareas de reparar el Efecto 2000
en sus equipos y aplicaciones. En fin, la realidad es muy variada, pero,
de hecho, el esfuerzo sobre el Efecto 2000 no ha acabado, por lo que muchas
importantes empresas americanas no tienen previsto reanudar sus inversiones
hasta mediados del 2000.
Un nuevo espacio social, basado en las tecnologías
El Efecto 2000, como hecho noticioso, ha agotado su ciclo. Los focos
de los medios de comunicación se van a reorientar a otros puntos
de interés y es más que probable que no recojan las numerosas
disfunciones no colectivamente desastrosas que se están produciendo
y se producirán por aquí y por allá en las cadenas
de actividades sociales.
No obstante, sería una pena que se dejase pasar la oportunidad
de extraer alguna enseñanza de toda esta situación. En opinión
del firmante, sería incluso grave que prosperase la conclusión
antes señalada, con la que evidentemente no coincidimos. Recuerdo
que dos o tres días antes del 31 de diciembre, desde una de estas
tertulias radiofónicas de gran audiencia, un conocido catedrático,
un prolífico historiador escritor y un afamado periodista, entre
chanzas, calificaciones despectivas y risas, calificaban al Efecto 2000
de "bluff" y de maniobra económica para engañar
a los tontos.
Soy el primero en felicitarme sinceramente del talante optimista de la
sociedad española, que no tiene más que ventajas, pero me
pregunto si ese talante no contiene algún componente de lo que
algunos psicólogos denominan optimismo ilusorio. El optimismo ilusorio
es un sentimiento sin base en la realidad, cimentado más bien en
la ignorancia. Cuando escribí la frase arriba entrecomillada pensé
en las reacciones psicológicas de miedo, que eran las que me preocupaban
entonces. Ahora pienso en la reacción psicológica de despreocupación,
en lo que ésta pueda tener de ignorancia o de desprecio.
Operamos y en cierta forma vivimos realmente en lo que el filósofo
y ensayista Javier Echeverría llama el Tercer Entorno (Los Señores
del aire: Telépolis y el Tercer Entorno, Ed. Destino, 1999), un
nuevo espacio social basado en las tecnologías de la información.
Es un espacio muy rico en posibilidades, pero difícil, vulnerable,
lleno de riesgos y de desigualdades. El Efecto 2000 ha sido un problema
que ha puesto en peligro una parte de su funcionalidad. Por suerte, aún
siendo un problema extenso y complicado, estábamos advertidos con
tiempo suficiente de sus características y de su fecha, y, con
mayor o menor fortuna, se han puesto en marcha los costosos remedios necesarios.
Ignorarlo o despreciarlo es una manera de mantenerse fuera de la realidad.
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